Comenzamos el camino de los juegos populares, practicados en nuestro pueblo a lo largo de la Historia. Algunos inventados aquí y llamados por eso autóctonos; otros aceptados a través del tiempo y practicado por los chicos y chicas y grandes del pueblo.
Ellos son parte de nuestra vida y explican la capacidad incentiva de nuestros abuelos y su talante de divertimiento social. Últimamente en Castilla y León se ha pretendido revitalizar estos juegos y se han conseguido éxitos importantes. Se quiere llevar a las escuelas estas viejas maneras de jugar para que los niños aprendan y ganen conocimiento.
El más significativo quizá sea el de la baraja (El Libro de las 40 hojas) cómo llamaban a las 40 cartas. En los días de fiesta y en las invernadas se han consumido en Becerril millones de cartas. Algunas ya no corrían por la grasa que había acumulado el uso; algunas estaban rotas, cortadas, dobladas, marcadas por los inevitables tramposos.
A la baraja jugaban los curas cuando se reunían para las fiestas patronales, tambien se jugaba en las reboticas, en los cuarteles, en las tabernas, en las calles cuando el tiempo lo permitía, y en los conventos. Los sacerdotes preferían jugar al “tresillo”, los militares al “mus”, en las tabernas al “subasteo” y la “brisca”, que era el juego preferido de las abuelas. Hoy nos produce risa, pero en casi todas las casas había una bolsita con granos de legumbre, duros como balines e imposibles de cocer, con los que se ventilaban las partidas.
Los chicos también jugaban a las cartas, su juego favorito era el de los “chimurrunchines”, quién perdía podría recibir una soberana paliza.
” Al salir 7 ¡Cachete!. Al salir 5 ¡Pellizco!
Al salir 4 ¡Sopapo!. Al salir 6 ¡Otra vez le deis!.
Al salir sota ¡Sota, sotana cuenta las pulgas
que hay en la cama!. Al salir el caballo ¡Caballo,
caballero, cuenta las estrellas que hay en el cielo!.
Al salir el Rey ¡Rey reinando vino a España
tirando cohetes con una caña…!. Al salir el As
¡Ha dicho Dº Tomás que le demos once más…!.”
Con la ventaja de poder jugar más jugadores contaba los juegos de la oca, el parchís, la lotería.
Es necesario decir, que los juegos que en nuestro pueblo se jugaban en tiempos pasados rallaban la simpleza. Esta realidad se deriva de la condición de la sobreviedad y hasta la pobreza en la que vivieron nuestros antepasados. Algunos juegos carecen de juguete, nacen de la propia imaginación, ayudados por la voz, agilidad e intuición. P.e.: el salte la mula, el marro, el esconderite o escondite,…
En ocasiones con simples piezas y regaladas por el mundo que le rodea. Un hueso de corderito para jugar a las tabas; una soga para la comba; una caja de cerillas para los cartones; un palo para el pincho romero. La tuta, la calva, los bolos, la peonza no requieren grandes inversiones.
Existían juegos que practicaban únicamente los chicos y otros que eran competencias de las chicas. Había juegos mixtos; pero hay que decir que eran los menos.
Entre los muchachos se jugaba a veces y no fuera de peligro. Por ejemplo; cuando se organizaban pedreas entre pandillas, cuando se ataba una lata al rabo de un perro o cuando se provocaba a los regadores de los jardines municipales gritándoles; “¡Manga riega, que aquí no llega! y que más de una vez nos mereció una ducha.”
Juegos de Muchachos
A la una saltaba la mula
También conocida cómo “burro” o “toribio”. Uno de los jugadores se convertía en “burro”, el cual se colocaba agachado, con las rodillas firmes. Pues si se caía durante el juego continuaría de “burro”. Los compañeros saltaban sobre él, apoyando las manos sobre su espalda y con las piernas bien abiertas, si rozaban al agachado se convertían en “burros”. Al tiempo de saltar era necesario recitar un versito, algunas letras eran estas:
“Ala una nací yo,
a las dos me bautizaron,
y a las tres ya tuve novia
a las cuatro me casaron
a las cinco ya fui quinto,
y a las seis coronel
a las siete fui a la guerra
a las ocho me mataron
a las nueve me enterraron
a las diez resucité….”
“A la una saltaba la mula,
a las dos tiró la coz (golpe),
a las tres los tres pasitos de San Andrés,
a las cuatro el peor salto,
a las cinco el mejor brinco,
a las seis el almirez,
a las siete, cachete (golpe),
a las ocho pan y bizcocho,
a las nueve amanece,
a las diez anochece,
a loas once, parir quiere pero no puede,
a las doce parida es; toma este niño y arrúllamele.”
A veces quien saltaba sobre el “burro” se quedaba de “burro” un poco más adelante y así sucesivamente todos los miembros de la pandilla. Cuando saltaba el último, el primero se incorporaba de nuevo y seguía el juego.
Canicas
Solían ser de barro o de cristal. A veces aparecían algunas de piedra que eran bien temidas porque rompían las de arcilla. Se solía jugar de cuclillas al ras del suelo, y la bola se impulsaba con los dedos de la mano, con el pugar y también con el índice o corazón. Se hacía una apuesta entre dos jugadores o más, uno sacaba su cánica; el siguiente lanzaba la suya a “matar”, si la tocaba, ganaba la canica.
Otras formas de jugar eran el “huevo” y al “gua”. Para la primera, se dibujaba un cuadrado en el suelo y cerca de uno de los lados se hacía un cerco en forma de huevo donde se colocaban las cosillas que se jugaban (cartones de cerillas, canicas,…). El juego consistía en sacar a canicazos, las cosillas y en matar a los adversarios. La canica no podía salir del cuadro y ni tampoco podía quedar en el huevo, aunque no hubiera empujado nada.
El “gua”, era un hoyito en el suelo hacia el cual se empujaba a golpes de la canica propia del adversario. Si caía en el “gua”, el dueño perdía la propiedad de la canica. Si lanzaba la canica y no tocaba a la del otro jugador se perdía el turno de lanzamiento.
Canuto
En nuestros pueblos se criaban arbolillos de cierta veneración por sus cualidades curativas contra los acatarramientos. Era el saúco. Sus ramas eran endebles y una médula blanca y blanda llenaba un amplia canícula central. Se preparaba un trozo de rama de poco más de un palmo y se limpiaba la médula. Esto y un trozo de estopa húmeda o de papel mojado bastaba para tener una cerbatana: soplando por un extremo por el otro salía disparado el bodoque. A veces, se preparaba con una buena madera y a la medida un atascador que ahorraba el soplo e impulsaba la carga. Se pretendía el lanzamiento más lejano y también para asustar a las chicas.
Cartones
En otros tiempos, las cajas de cerillas valían cinco céntimos y disponían de treinta cerillas cada una de las cajas. Se vendían en dos formatos: uno sencillo que se abría presionando lateralmente con un dedo; otro, parecido a un estuche, que se cerraba sólo por la presión de dos gomitas. Este modelo reproducía en su tapa retratos, animales, paisajes, etc… A veces se les practicaba un agujerito en el medio y se les insertaba una cuerdecita, consiguiendo sartas de hasta medio metro. Se convertían en dinero y se apostaban en muchos juegos.
Había dos maneras de jugar. Se pintaba un círculo y en el medio se colocaba un número de cartones por jugador. Desde una línea a determinados pasos se lanzaba una tanga que solía ser un tacón de goma de nuestros zapatos. Los “cartones” que al golpe salían del círculo eran para el lanzador. Otra manera consistía en marcar una raya en la pared y contra ella había que lanzar el cartón. Cuantos cartones cubría, aunque fuera por poco, de los que había ya en el suelo pertenecían al tirador.
Morro
En algunos sitios conocidos también por “Cinco dedos”, “Pico”, “Tallo” o muy comúnmente por “Punzón, tijeras y ojo buey” o “Pico, zorro o zaina”; refiriéndose a posiciones de los tres dedos de la mano.
Se elegía a uno que se llamaba “madre”, normalmente un chico serio. Se formaban dos equipos; uno que hacía de “burro” y otro que saltaría sobre él.
La “madre” se colocaba de espaldas en una pared y el primer “burro” colocaba su cabeza sobre la cintura de la “madre”. Hecho el “burro” los saltadores con carrerilla saltaban sobre él, cuanto más cerca de la madre mejor. Una vez que habían saltado todos y el “burro” comenzaba a tambalearse, éste debía resistir, pues si se quebraba perdía y volvía a repetirse el salto.
Pero si alguno de los saltadores se desequilibraba y caía al suelo, el equipo de los saltadores se convertía en “burro”.
Enseguida el capitán de los saltadores, mostrando su mano a la “madre”, daba las voces; ¿Pico, zorro o zaina?. Si el burro capitán acertaba, ganaba; si no, se repetía el lance.
Guardias y Ladrones
La panda de amigos s dividía en dos y elegían quien representaba a los guardias y quienes a los ladrones. El equipo de ladrones se diseminaba por las callejuelas del pueblo. Para dar tiempo los guardianes recitaban alguna cancioncilla como;
“Una, dole, tele, catole, quile, quilete, estaba la reina en su gabinete; vino Gil y apagó el candil, candil, candilón, cuéntalos bien que veinte son: Justicia y Ladrón…”
Los presuntos ladrones que se escondían mientras, cuando se creían bien seguros gritaban “¡Tres navíos en un mar!” y los guardianes respondían “¡Otros tres en busca van!”. Y comenzaba la búsqueda de los ladranos, cada uno que se encontraba se le daba el “¡Alto!” y se le llevaba al punto de partida, donde era vigilado. Pues si alguno de sus compañeros le tocaba quedaba salvado. La conclusión del juego era cuando todos los ladrones eran apresados. Entonces los papeles se cambiaban y se comenzaba de nuevo este divertido juego.
Marro
Era un juego bastante frecuente, ya que permitía jugar a un gran número de participantes. Se dividían en dos grupos y a cada cual se le asignaba una “casa”, normalmente junto a una pared o árbol donde el jugador no podía ser apresado por sus contrarios. El juego consistía en perseguir a toda velocidad al del equipo contrario hasta tocarle y se le condujese a la “casa”. Para que la persecución y captura valieran el perseguidor debía tocar el “marro”, la pared de la “casa”. El preso para ser liberado por los suyos, debía tener una mano en el “marro”, y, si los presos eran varios, los presos debían formar una cadena con sus brazos. Si la cadena se rompía la liberación se anulaba.
De la “casa” se salía para perseguir y liberar a los presos. Cómo capturar a todos los contrarios no era tarea fácil, ganaba aquel equipo que más prisioneros había hecho.
Molinillo o Molinete
Era un juego de los más pequeños y solían traer el juguete los feriantes en las barracas. Hacerlo era muy sencillo, se disponía una varita y, cerca de un extremo se colocaba transversalmente un alambre que, a su vez sujetaba una hoja de papel en la que se habían practicado cuatro cortaduras que permitían formar cuatro aspas doblando el papel. Con sólo correr el chico, bastaba para que el molinillo de viento girase. Solían ser muy vistosos ya que eran hechos con papel de colores o papel pintado.
Pincho Romero
Se jugaba en las eras, pero había que elegirlas con cuidado por a ningún dueño le gustaba que fuesen las suyas las elegidas para dicho juego. Cada jugador tenía un pincho de madera dura, bien aguzado con la azuela; su largura debía de ser de al menos medio metro. Se lanzaba con fuerza al suelo para clavarlo, pues se perdía si el palo se caía o un compañero te lo tiraba. Veías entonces como un jugador cogía tu pincho y lo lanzaba al aire para arrearle un buen estacazo con su pincho y lanzarlo lo más lejos posible, al tiempo que gritaba: ¡A Roma y cinco! O siete o diez…
Mientras tu corrías a recoger tu pincho, el resto de participantes debían de clvar el suyo tantas veces como se hubiera ordenado, pues si tú volvías a clavar tu pincho antes de que ellos hubiesen cumplido, vencías y podías mandar a Roma el pincho del otro…
Piquele (Tala)
El “piquele” era un trozo cilíndrico, afilado a sus extremos, la “pala” se parecía a la de jugar a la pelota y se hacía con una tabla de las cajas del “fresco”, cómo llamaban al pescado.
Se formaban dos equipos de tres o cuatro jugadores y se dibujaba un círculo grande en el suelo. Tras el sorteo del círculo, el jefe del equipo que lo ocupaba lanzaba al aire el “piquele” y fuertemente con la “pala” le arreaba un golpe para lanzarlo lo más lejos posible. Los jugadores que están fuera del círculo pueden correr a recoger el “piquele” en el aire y devolverlo al círculo, con lo que consiguen ganar el juego y la “pala” pasa a ellos. Si el “piquele” cae al suelo no lo puede recoger nadie; el jefe de los del círculo se puede acercar a este y dar hasta tres golpes al “piquele” para levantarlo; a la tercera puede cogerlo con la mano para golpearlo desde más altura y enviarlo más lejos.
Pirulo
También denominado “pirula” o “perinola”. Se fabricaba fácilmente con una navaja y un trozo de madera; resultaba un prima cuadrado o de seis caras y en la parte superior se labraba un manguillo. Por el cual se agarraba y se impulsaba el “pirulo”. Al acabar de girar por el impulso y caer sobre la mesa, en la cara superior que quedaba sobre la mesa se leía un número (del 1 al 4 o al 6), que indicaba lo que había ganado quien lo había impulsado, cartones, garbanzos o tantos.
Potra
Se llamaba así a la rudimentaria pista de patinaje. Se jugaba en invierno con las peleas de las bolas de nieve que era la única diversión al aire libre. Solía hacerse en las aceras de las calles con gran peligro para los viandantes. Tras varias pasadas conseguían que la superficie quedase totalmente deslizante. Se cogía carrera y gran velocidad se pasaba la “potra” hasta llegar a la cabecera. Esto era lo emocionante. El susto se lo llevan en casa cuando veían el increíble desgaste de suelas de zapatos.
Tirabeque
Es un instrumento que sirve para competir, combatir y cazar. Consiste en una horquilla de madera o de alambre que sirve de mango y de apoyo a dos gomas unidas por una badana. En estas badanas se colocan piedras o cualquier material con peso; tensadas las gomas se tira el “tirabeque” alcanzando la mayor distancia y puntería posible. Se solían lanzar piedras en las pedreas o se utilizaba para matar algún que otro pájaro, algo inútil.
Peonza
Dicha en algunos sitios “Trompa” o “Peón”. Juguete de madera en forma de pera, cuanto más dura fuera su madera, mejor. Había “peonzas” pequeñas, medianas y grandes. La más abundante era la mediana. Imprescindible era la cuerda de cáñamo que, bien enrollada desde el clavo hacia arriba, servía para lanzar la peonza al suelo con un gesto rápido y enérgico.
Había varias formas de disfrutar con la “peonza”, la más sencilla era hacerla bailar. También existía el método de “hacerla dormir”, girar tan deprisa que la peonza parecía dormida. En otros casos se dibujaba un círculo en el suelo y el jugador lanzaba su “peonza”, seguidamente otro jugador lanzaba la suya contra la primera para hacerla salir del círculo. Lo más frecuente era depositar en medio del círculo chapas de botellas o monedas e intentar sacarlas del redondel a trompazos. A la “peonza” se podía jugar individualmente o por equipos, la habilidad estaba en el lanzamiento, hacia arriba o hacia abajo.
Juegos de Chicas
Se harán aquí mención se algunos de ellos, sin incluir los juegos de casitas y muñecas, por ser universales y una de las manifestaciones más precoces de la hermosa predisposición de la mujer para la maternidad y la familia.
Alfileres
Las niñas coleccionaban alfileres con cabeza de colores y en el acerico donde los clavaban formaban figuras y letras con ellos. Tenían tres maneras de jugar a los alfileres. La primera consistía en enterrar en un montoncito de arena tantos alfileres como jugadoras; tiraban por turno una piedra plana sobre el montón y si aparecía alguna pasaba a su propiedad. Otra manera, era la cruceta y consistía en golpear con los dedos un alfiler tirado sobre el suelo o la mesa; si al saltar montaba sobre algún otro de una compañera, lo ganaba. Por último, jugaban escondiendo en sus manos uno o varios alfileres; una jugadora preguntaba a la otra “¿Puntas o Cabezas?”. Al responder se abría la mano y si los alfileres estaban colocados de punta o de cabeza ganaba o perdía según que acertara o no.
Castro
Había juegos que se practicaban marcando en el suelo determinadas figuras geométricas y lanzando un tejuelo con la mano o con el pie. Se pintaba en el suelo un cuadrilátero y tiraban en su interior unas líneas rectas y perpendiculares formando veinte cuadritos en su interior. Cada jugadora disponía de tres piedrecitas o fichas. El juego consistía en mover alternando una ficha hacia cualquiera de los espacios vacíos e inmediatos; quien primero llegase al otro lado con sus tres fichas ganaba la partida, previa afirmación: “Castro hecho y bien derecho”. En realidad habían jugado a una parecidas “damas”.
Comba, soga o cuerda
Es uno de los juegos más simples, más bonitos y más practicados entre las chicas. Bastaba una cuerda de pocos metros y de cierto grosor que había en todas las casas. Y que bien lo hacían individualmente, de dos en dos o en grupo. Una sola niña volteaba la cuerda y cada vez que estaba tocaba suelo trataba de saltarla con gran rapidez. Dos niñas o saltaban juntas o ataban un extremo de la cuerda a una arbolillo o poste y una volteaba y otra saltaba por turno. Tres niñas o muchas saltaban en cadena, entrando y saliendo de la cuerda; si alguna fallaba su castigo era dar a la comba. Tan interesante como el juego en sí, eran las canciones con las que acompañaban el juego, cómo; “Al pasar la barca”, “Cartero”, “En la calle del Turco le mataron a Prim”, “Quisiera ser tan alta como la luna”, “Una, dos y tres, pluma, tintero y papel”, “Allá en la Habana”, …
Corro
Las chicas más que los chicos preferían este juego. Aunque en ocasiones era mixto. El corro a veces era multitudinario y en él distinguimos varias clases; corro sin mímica, corro con escenificación y corro con diálogos. En este juego resultaba imprescindible la canción, algunas tan conocidas cómo: “Estaba el Señor Don Gato…”, “Mambrú se fue a la guerra”, “La Tarara sí, La Tarara no”, “Cu, cu cantaba la rana”, “Estaba una pastora…”, “La reina Mercedes…”, “Ratón, que te pilla el gato…” y otras muchas.
Prendas
El grupo de las niñas mostraba sus prendas dos o tres por cada una y elegía a una “madre”. Está decía aquello tan sabido de; “Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual que atienda su juego y el que no lo atienda pagará una prenda…”.
Todas atentas, la “madre” comenzaba a hacer los gestos referidos a los oficios que se habían elegido antes (maestra, cocinera, lavandera,…) gestos que la interesada estaba obligada a repetir con rapidez y exactitud, de no ser así estaba obligada a pagar una prenda. Cuando la “madre” tenía todas las prendas podía anunciar un castigo para cada una de ellas. Solía terminar entre risas.
Tabas
Era un juego de niñas pero no aborrecido por niños y mayores. El juguete lo proporcionaban los corderos. El instrumento para el juego era el hueso astrágalo.
Las niñas tenían cuatro nombres para las cuatro caras del astrágalo; “aguas”, era la cara ancha y más hundida y también la más preferida en las competiciones; la parte contraria se decía “pencas” o “culos”; la lateral más lisa era llamada “lisas” y su contraria, algo hundida, “carnes”. Había muchas variantes para jugar a las tabas, pero el método más conocido era el siguiente: Las tabas hasta seis u ocho se agitaban en las manos o en un bote y se lanzaban sobre una superficie plana para que cada una cayera a su aire. La que primero jugaba lanzaba al aire con su mano derecha una canica o bola y con la izquierda cambiaba de posición o recogía las tabas que había anunciado, las lisas por ejemplo. Debía darse prisa, sino recogía la canica a tiempo, o no recogía las tabas en la posición dicha, perdía o pasaba otra compañera a jugar. Había niñas tan hábiles que entre lanzar la bola y recogerla y también las tabas, todavía tenían tiempo para dar una palmada.
Yo-Yo
Era un juego de la familia del diábolo que se imponía cuando venían las barracas, en las que se vendían por las Ferias y Fiestas. Consistía en una pelota partida en dos mitades y unidas por un eje en que se enrollaba un hilo, acabado en un ojal para colocar en el dedo corazón. Con la mano vuelta hacia abajo se soltaba la pelotita que descendía mientras se tensaba en hilo, pero la inercia provocaba el enrollamiento a un ritmo que la mano marcaba con su movimiento. Y así se pasaba el rato la muchachita.
Juegos de los Mayores
Calva, morrillo o chana
Es un juego simple, seguramente tan viejo como el primer pastor que hubo en el mundo. Consistía en lanzar un objeto, una piedra, contra objeto colocado a cierta distancia. De la soledad de los pastores, paso a las aldeas y así averiguar quien era mejor lanzador.
Hoy la “chana” está totalmente reglamentada y el cuerno pastoril ha sido sustituido por una pieza de madera de encina, roble u olmo en forma de letra L, con una abertura comprendida entre los 110 grados. Se consideran dos partes en la “calva” : la “zapata” de 25 a 30 centímetros de longitud y la “alzada” de 20 a 25. El grosor es el mismo de 7 a 8 centímetros, aunque en el final de la alzada disminuye.
La calva se coloca en un cuadro de 24 metros de longitud, de tierra batida y con zonas de seguridad y contra ella se lanza desde el campo de tiro el “morrillo”. Este es de hierro o de piedra. Ha de tener un diámetro de 25 centímetros de grosor, y su peso, según el Reglamento de la Junta de Castilla y León, es de medio a un kilo. Este “morrillo”, “canto” o “marro” se lanza contra la calva y si la toca el jugador gana un punto. Suscita tanto encanto este juego que en muchos lugares la mujer también participa.
Rana
Chicos y chicas juegan a la “rana”, pero son los mayores quienes organizan sus partidas y se reparten las fichas o “petencos” para lanzar a la boca abierta de la rana.
Este juego hasta la llegada de las ruidosas máquinas tragaperras, no solía faltar en todas las casas.
La mesa tenía entre 80 y 1 metro de altura y su superficie es de medio metro cuadrado. En el medio, la rana con la boca abierta. Puede haber en la mesa tres aberturas, e, incluso, una con un molinillo horizontal que se mueve por el impulso del “petanco” que ha de tener 38 mm. de diámetro y un peso de 60 gr.. La distancia de tiro es de tres metros y medio y la partida se acaba a los diez tantos. Cada vez que el “petanco” pasa por la boca de la rana, se gana un punto. Como siempre, existen variaciones, en las normas del juego.
Tanga, Tuta o Tanguilla
Es un juego de lanzamiento, con reglamento sencillo, que suscita gran entusiasmo entre sus muchos participantes. El campo tiene 28 metros de longitud y la pista es de tierra batida y tiene dos metros de anchura; a cada lado hay sendas franjas de un metro de ancho para la seguridad de los espectadores. La “tuta” se sitúa a 22 metros del “pato” o lugar de lanzamiento y a seis metros de ella se coloca un tablón por seguridad.
La “tuta” debe ser de una madera buena (encina o roble). Su altura está entre 15 y 16 centímetros y su diámetro en las bases de 35 mm. y en el centro 40 mm.. Los “doblones”, “tangas” o “tostones” son de hierro acerado y biselados en toda su circunferencia; su diámetro es de 100 mm. y su grosor varía entre 5 y 10 mm., su peso es de medio kilo. La chapa o moneda que se coloca sobre la “tuta” tiene unas dimensiones de 25 mm., 2 de espesor y un peso de 10 gramos.
Los equipos suelen ser de dos o cuatro jugadores y los “doblones” dos. Todo el esfuerzo va destinado a desmontar la capa de “tuta” y que el “doblón” quedase más cerca de la chapa que de aquella. Para eso el árbitro media escrupulosamente la distancia. A veces se daba la situación de “toma” , cuando la “tuta” quedaba debajo o encima del “doblón”, entonces había que separarlos con el otro “doblón”. Otras veces sucedía la “bolsa” o “cama”, cuando el “doblón” quedaba más cerca de la “tuta” que de la “chapa” y no había pues, tanto; cómo tampoco si quedaban a la misma distancia.


